jueves, 30 de agosto de 2012

Canción de alunizaje.El satélite ha sido fuente inagotable de inspiración para músicos y cineastas desde el siglo XIX. La reciente muerte de Neil Armstrong nos devuelve títulos legendarios

El influjo de la Luna en la historia de la música es tremendo. Pocos son los artistas que no han caído en la tentación de cantar al satélite, amplificar su azul infinito, pintarla de todos los colores posibles, bailar bajo su luz y su sombra, caminar por la superficie ingrávida, emborracharse en sus cráteres, convertirse en hijos suyos, o atreverse a surcar el lado más oscuro. La llegada del hombre a la Luna no se produjo hasta julio de 1969 tras innumerables intentos de organizar una odisea espacial tripulada, capaz de llegar y volver.
Antes de que el Apolo XI hiciera historia y que el malogrado comandante Neil Armstrong diese el imborrable y torpe paseo por la superficie lunar, la fábula de la carrera espacial, el descubrimiento de otras formas de vida inteligente y la posible invasión de la Tierra por legiones de alienígenas de galaxias recónditas, tuvo múltiples manifestaciones en lo musical.
Un recorrido histórico sobre el impacto de la Luna y el imaginario galáctico, el conocido y que estaba por descubrir, en la música obliga a situarse en la época de compositores como Ludwig van Beethoven, Claude Debussy o Gustav Holst. Todos ellos sucumbieron al exotismo planetario desde ópticas bien distintas.
El alemán componía en 1801 la célebre Sonata para piano nº 14 en do sostenido menor 'Quasi una fantasia', Op. 27, nº 2, que recibió el nombre popular de Claro de Luna. Mismo título y similar pretexto argumental tuvo el francés Debussy, que en 1890 se retrataba con la obra pianística Suite bergamasque, pieza en cuatro movimientos uno de los cuales era Claro de Luna. Un título que volvería a frecuentar el creador de Preludio a la siesta de un fauno al año siguiente al musicar textos del poeta Paul Verlaine, uno de ellos con este mismo nombre. Antes, en 1887, Gabriel Fauré pondría música a este mismo poema.
Pocas piezas orquestales han tenido a la Luna como fundamento, aunque el compositor inglés Gustav Holst creó entre 1914 y 1918 Los Planetas, una suite en siete movimientos donde lógicamente no estaba la Luna, ni Plutón. Tras su muerte, se hicieron arreglos para completar el octavo planeta a cargo de Colin Matthews.
Para cerrar el círculo instrumental, una penúltima parada en el músico y compositor estadounidense Les Baxter, quien en 1947 junto a Harry Revel y la colaboración del maestro del therimin Samuel Hoffman publicaba Music Out of the Moon, con lunáticas piezas como Lunar Rhapsody, Moon Moods, Lunette, Celestial Nocturne, Mist O' The Moon y Radar Blues, y donde el eléctrico zumbido del theremin se revelaba como poderoso instrumento solistas. Las incursiones galácticas de Baxter, gurú de la llamada easy listening, tendrían réplicas posteriores como Space Escapade (1958).
El repertorio vocal lunático es impresionante, con una gran composición de cabecera firmada en 1958 por Johnny Mercer y Henry Mancini: Moon River. Una pieza que en 1961 y en la voz de Audrey Hepburn lograba el Óscar de la Academia como mejor canción original en la banda sonora de Desayuno con Diamantes, de Blake Edwards, y que es el cántico lunar más versionado de la historia. Junto a ella, Blue Moon, de Richard Rogers y Lorenz Hart, es igualmente de las más versionadas, y que desde su creación en 1934 pasó por las manos de Billie Holiday, Louis Armstrong, Sam Cooke, Rod Stewart, Bob Dylan y Elvis Presley. Precisamente, el rey del rock se retrató con otro pasaje lunar, Blue Moon of Kentucky.
El episodio más curioso sobre el influjo de la Luna obliga a hablar de dos artistas británicos por cuyas cabezas se dibujaron fantasías espaciales y lunares justo en los años de las misiones Apolo: David Bowie y Pink Floyd. El primero publicaba el mismo año del pletórico alunizaje del Apolo XI su profético Space Oddity, donde el tema homónimo que abría el álbum hablaba del comandante Tom y sus angustias en su viaje espacial. Un tema que la BBC usó para la banda sonora de la retransmisión del primer alunizaje, y a la que llegó Bowie tras visionar 2001: Una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick. La fijación galáctica de Bowie se repetiría años más tarde, esta vez en The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) y temas como Moonage daydream.
La obsesión de Pink Floyd por la Luna se tradujo en uno de sus grandes álbumes, The Dark Side of The Moon (1973), un disco conceptual único en su especie. Además, en la obra de Pink Floyd y sus inicios con The Piper at the Gates of Dawn (!967), se incluían piezas de cabecera del rock espacial, el space rock, como Interstellar Overdrive, que traería episodios lunáticos y espaciales de interés en las formaciones del krautrock germano, el sonido motorik, y formaciones como Hawkind, Van der Graaf Generator, y más recientes como Spacemen 3 o Spiritualized, entre otros tantos fanáticos del género.
Volviendo a la Luna, entre el largo centenar de composiciones vinculados al satélite, es obligado mentar otra vez a Sinatra con Fly me to the Moon; Bad Moon rising, de Creedence Clearwater Revival; Killing Moon, de Echo & The Bunnymen; Man on the Moon, de REM; Luna y Moon Palace, el proyecto de Dean Wareham tras Galaxy 500; Harvest Moon, del canadiense Neil Young; y las lunas de colores de Nick Drake, The Neville Brothers y Erika Badou, sus Pink Moon, Yellom Moon y Orange Moon, respectivamente.
Siguen en la lista, Moondance, de Van Morrison; Moonchild, de King Crimson; Moonlight Shadow, de Mike y Sally Oldfield; Moonlight, de Bob Dylan; tres cánticos lunares de Tom Waits, Grapefruit Moon, Drunk on the moon y I'll Shoot the Moon; Moon Over Marin, de Dead Kennedys; Moonlight Drive, de The Doors; Walking on the Moon, de The Police; The Whole of the Moon, de Waterboys; Dancing in the Moonlight, de Thin Lizzy; Moonshadow, de Cat Stevens; Child of the Moon, de Rolling Stones; Ticket to the Moon, de la Electric Light Orchestra; Moonflower, de Santana; Black Moon, de Emerson, Lake & Palmer; Mad Man Moon, de Genesis; o Lunar Sea, de Camel, son canciones para un perfecto alunizaje.

La melodía más universal

Moon River, popularizada por Audrey Hepburn, es sin duda la canción más universal sobre la Luna jamás compuesta y que se mantiene viva con el paso de los años. El tema ha pasado por la voces de Frank Sinatra, Judy Garland, Ben E. King, Trini López, Morrisey, REM, The Divine Comedy, Shirley Bassey, Sarah Vaughn, The Killers, Aretha Franklin, The Afghan Whigs, Paul Anka y Louis Armstrong, entre otros. A la Luna también se le ha cantado en español y mucho. Desde la lanzaroteña Rosana con su Luna nueva y Lunas Rotas, a Mecano y su Hijo de la Luna: El Niño Gusano y Un viaje a la Luna; Carlos Vives y Luna Nueva; Matia Bazar y Rayo de Luna; Fito & Fitipaldis con A la Luna se le ve el ombligo; Estopa y Luna lunera; El toro y la Luna, de Marisol, y amplificada hasta la estratosfera por Gipsy KIngs; la Luna llena, de Víctor Manuel; Luna, de Mercedes Sosa; La Luna siempre está muy linda, de Víctor Jara; Yo no te pido la Luna, de Fiordaliso y Daniela Romo; y otro gran clásico latino Rayito de Luna, inmortalizado por Los Panchos y José Feliciano. No están todas porque el listado de artistas y títulos sería interminable, pero sí están las más representativas. En el caso hispano, el satélite mayormente está ligado a historias de amor y desamor, de cortejos imposibles que obligaban a mirar al cielo en busca de otra luz. DIEGO F. HERNÁNDEZ. LA PROVINCIA

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